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Ya la vid llora para producir el vino

El lloro de la vid es un hecho maravilloso dentro del mundo de la enología.

El ciclo vegetativo anual que cada año recorre una cepa pasa por diferentes fases y una de ellas es el “lloro”.

Después del reposo invernal, el “lloro” es la primera manifestación de actividad de la vid. Pero, ¿qué es el “lloro”? La palabra lo dice, la planta llora, pero ¿por qué llora?, y sobre todo ¿por dónde llora?

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La planta llora porque comienza a salir de su reposo invernal, comenzando por la subida de temperatura de la tierra.

Normalmente, cuando la tierra supera los 10 grados ya se acerca la primavera, y esta subida de temperatura comienza a activar el sistema radicular de la planta debido a la activación de la respiración celular, una recuperación de la absorción de agua y de elementos minerales y también por la movilización de las reservas de la propia planta.

La conducción de este lloro se realiza por el fenómeno osmótico provocando el movimiento ascendente de la savia, por presión radicular.

Este es el comienzo del lloro, básicamente la vid despierta de su letargo invernal y lo hace renovándose por dentro.

¿Por dónde?, este “lloro” fluye por las heridas y los cortes de la poda y la cantidad derramada, que además tiene siempre un pequeño contenido de materia seca, que está entre 1 y 2 g/l, puede llegar hasta los cinco litros por cepa, pero siempre dependiendo de los anteriores condicionantes, y es más rico en compuestos orgánicos que en minerales, lo que prueba la movilización de las reservas de la planta.

En general, este “lloro” no debilita a las cepas, salvo en casos excepcionales, como el “lloro” muy continuado y abundante en caso de repodas, que pueden ocasionar el aumento de la sensibilidad a las heladas primaverales de las yemas rehidratadas por este “lloro” y además puede dificultar la formación del callo de soldadura en los injertos de campo, y por esto es aconsejable orientar siempre los cortes de la poda para que el “lloro” caiga sobre las yemas más próximas y descabezar el patrón varios días antes de realizar el injerto.

Los “lloros” cesan al recubrirse los cortes de la poda con unas sustancias gomosas producidas por unas bacterias que viven sobre el derrame y en las sales disueltas en el “lloro” cuando se evapora, obturando de este modo los vasos leñosos.

Se plantean muchas cuestiones de tipo técnico a la hora de retrasar el momento de la poda o de adelantarla, sobre todo en regiones donde las heladas tardías juegan un papel fundamental en la pérdida de producción; adelantando la época de poda se puede adelantar la hora de brotación o desborre, pero como mucho en poco más de una semana o semana y media; si la zona en la que está el viñedo tiene problemas con heladas tardías (las heladas de agosto son las que más daño hacen), se recomienda que se retrase la época de poda lo más posible.

No se debe podar antes de la caída total de la hoja, pues esta sigue sintetizando azúcar, que sin uvas lo hace a favor de la planta formando madera en un proceso de lignificación; esto se transforma en sustancias de reserva, que tomará la planta para el inicio del ciclo del año siguiente, ya que de estas reservas depende directamente para desborrar.

Pero no olvidemos que el “lloro” no se origina más o menos por la poda tardía, se origina por la actividad fisiológica de la planta. Si en junio la media de las temperaturas supera los 10ºC seguro que llora la planta al podarla, y si en mayo no han superado esa media las temperaturas seguro que no llora.

La circulación de la savia la activa la temperatura, no la poda. Y teniendo esto en cuenta, este fenómeno también depende esencialmente del portainjerto, o de la variedad de “Vitis vinifera”, y de las temperaturas del suelo, comenzando habitualmente cuando esta se eleva sobre unos 10ºC, variando este límite con la variedad de uva; la “Vitis riparia” no comienza el lloro hasta los 12 ºC, y la “Vitis verlandieri” lo retrasa hasta que la tierra alcanza los 14ºC. La rapidez de este fenómeno depende de las variaciones de las temperaturas del suelo, de las condiciones de humedad del mismo y del vigor de la planta.

En inviernos secos este fenómeno es escaso y en casos extremos pasa inadvertido pues el ‘lloro’ es mínimo; sin embargo en terrenos salinos no se produce más aunque la humedad sea abundante.

Así que si ven ustedes llorar a la viña, sepan que es una alegría pues su trabajo para producir vino ha comenzado.

Fuente: Grada.es

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