Llegaron a los refugios de la Ciudad de Mendoza atravesados por pérdidas, separaciones, problemas laborales y años de vida en la calle. Allí encontraron contención, descanso y herramientas para volver a empezar. Hoy Pablo, Matías, Pedro y Sebastián reconstruyeron sus vidas y algunos de ellos formaron “Sembradores de Esperanza”, un grupo que prepara viandas y lleva comida, abrigo y acompañamiento a otras personas en situación de vulnerabilidad.
Un refugio de Mendoza fue el punto de partida de una nueva etapa para cuatro hombres que llegaron hasta esos espacios después de atravesar pérdidas personales, problemas laborales, separaciones y largos períodos viviendo en la calle. Pablo, Matías, Pedro y Sebastián encontraron allí acompañamiento y herramientas para reconstruir sus vidas, pero sus historias tuvieron además un giro inesperado: algunos de ellos ahora salen a ayudar a quienes todavía atraviesan situaciones similares.
Durante la temporada invernal, la Ciudad de Mendoza desplegó un abordaje que fue más allá de ofrecer un lugar para dormir, comida caliente y elementos de higiene. Los refugios incorporaron acompañamiento psicosocial, orientación laboral, restitución de derechos y, cuando fue posible, procesos de revinculación familiar.
El verdadero alcance de ese trabajo puede observarse hoy en las historias personales de quienes pasaron por esos espacios. Algunos consiguieron empleo, otros recuperaron actividades que habían abandonado y otros pusieron en marcha emprendimientos propios. Pero hay un dato que transforma esas experiencias individuales en una historia colectiva: Pablo, Pedro y Matías decidieron organizarse para ayudar a otras personas en situación de calle.
Así nació “Sembradores de Esperanza”, un grupo que prepara y distribuye viandas, bebidas calientes, abrigo y calzado a alrededor de 30 personas que atraviesan situaciones de vulnerabilidad en distintos puntos de la Ciudad de Mendoza.
Pablo: del engaño laboral a recuperar el trabajo y la familia
Pablo tiene 46 años y llegó a Mendoza desde Buenos Aires después de sufrir un engaño laboral que lo dejó sin recursos. A esa situación se sumaron pérdidas personales de su pasado, que profundizaron una crisis que terminó llevándolo a dormir varios días a la intemperie en plazas de la Ciudad.
Su ingreso a uno de los refugios marcó un punto de inflexión.
“Yo pensaba que las cosas ya no iban a poder cambiar, pero en el refugio conocí gente muy buena que me ayudó”, recuerda.
Pablo destaca especialmente el acompañamiento cotidiano de los operadores, quienes lo alentaron a no bajar los brazos y a aprovechar las herramientas disponibles.
Con el tiempo consiguió un trabajo estable y pudo recuperar el vínculo con su familia.
“Logré un trabajo estable y hoy gracias a Dios estoy con mi familia, volviendo a hacerme un hombre de bien”, cuenta.
Para él, el cambio no ocurrió de un día para otro. Fue el resultado de comenzar a recuperar confianza y asumir un papel activo en la reconstrucción de su propia vida.

Matías: dos meses en la calle y una nueva oportunidad laboral
Matías, de 47 años, llegó al refugio después de atravesar una separación que derivó en un cuadro depresivo y en aproximadamente dos meses de vida en la calle.
En ese espacio encontró operadores que lo orientaron para comenzar a recuperar herramientas que le permitieran volver al mundo laboral.
“Haber estado en el refugio fue un cambio total de vida”, sostiene.
Entre las recomendaciones que recibió estuvo la de acercarse a la Municipalidad para confeccionar un currículum y comenzar a buscar nuevas oportunidades.
Matías decidió aprovechar esas herramientas y continuó su proceso hasta sentirse preparado para dar el siguiente paso.
Incluso dejó el refugio cuatro días antes de su cierre porque consideró que ya estaba en condiciones de continuar por sus propios medios.
“Me fui con el corazón sanando y con una paz interior enorme”, relata.
Actualmente está retomando su actividad en el rubro inmobiliario, donde gestiona propiedades para venta y alquiler y proyecta continuar trabajando durante la temporada de verano.
Pedro: después de más de 20 años en la calle, volvió a emprender
Pedro tiene 56 años y su historia está atravesada por más de dos décadas de vida en la calle luego de una dolorosa pérdida familiar.
Durante un período dormía en la Plaza Independencia, hasta que comenzó a vincularse con programas de asistencia y con el área de Adultos Mayores de la Ciudad de Mendoza.
El acompañamiento recibido le permitió recuperar una actividad que terminó convirtiéndose en una nueva oportunidad: la gastronomía.
Hoy se presenta como maestro cocinero, prepara viandas y sándwiches y sostiene su propio microemprendimiento.
“Mendoza me ha abierto las puertas como en ningún lugar”, afirma.
Pedro también recuerda que durante su paso por los espacios de asistencia nunca se sintió abandonado.
Pero su historia no terminó cuando logró dejar atrás la calle. Al contrario, encontró allí una motivación para ayudar a otras personas que todavía atraviesan esa situación.
Sebastián: recuperó el oficio, una casa y también la música
Sebastián tiene 43 años y describe su paso por el albergue como una experiencia que le permitió reorganizar aspectos básicos de su vida cotidiana.
Una ducha caliente, un plato de comida y un lugar donde dormir fueron parte de un proceso que también incluyó recuperar horarios y disciplina.
“Tener una ducha caliente, un plato de comida digno y poder descansar bien me ayudó a organizarme, levantarme temprano y recuperar la disciplina”, explica.
Después de esa experiencia pudo retomar su actividad laboral y actualmente trabaja en un negocio de celulares. También alquila un lugar donde vivir.
Pero recuperó algo más: la música.
Sebastián es bajista de Títeres Negros, una banda de metal, y comenzó a componer una canción inspirada en lo que vivió durante su paso por el refugio.
El tema se llama “El refugio de los sueños”.
La canción representa para él una manera de transformar una experiencia difícil en una expresión artística y personal.
Sembradores de Esperanza: cuando quienes recibieron ayuda salen a ayudar
La historia de estos hombres tiene un capítulo que probablemente sea el más significativo.
Pablo, Pedro y Matías se conocieron durante su paso por el refugio y decidieron mantener el vínculo después de dejarlo. De esa relación nació “Sembradores de Esperanza”, una iniciativa solidaria que reúne a los tres junto con otros colaboradores.
El objetivo es concreto: preparar y distribuir comida, bebidas calientes, abrigo y calzado a personas que permanecen en situación de calle.
El grupo llega principalmente a sectores como la Alameda y la Plaza Independencia y alcanza a unas 30 personas en situación de vulnerabilidad.
Pero la propuesta no se limita a entregar elementos materiales.
Quienes integran “Sembradores de Esperanza” también cuentan sus propias historias. Hablan con quienes encuentran en la calle y transmiten desde su experiencia que atravesar una situación de vulnerabilidad no necesariamente significa que no exista una posibilidad de reconstruir la vida.
Con humor, incluso se definen como una versión actual de “Los 3 Chiflados”.
Detrás de esa comparación hay, sin embargo, una historia de transformación: hombres que alguna vez necesitaron que alguien les tendiera una mano y que ahora decidieron hacer lo mismo con otros.
Las historias de Pablo, Matías, Pedro y Sebastián muestran cuatro recorridos diferentes, pero tienen un punto en común. Todos atravesaron momentos en los que necesitaron ayuda y encontraron en los refugios un espacio desde el cual comenzar a recuperar autonomía.
Uno volvió a su familia y consiguió trabajo. Otro retomó su profesión. Pedro convirtió su experiencia en un emprendimiento gastronómico y Sebastián recuperó su oficio y su pasión por la música.
Y algunos fueron un paso más allá: transformaron la ayuda que recibieron en una forma de ayudar.
Ese es el recorrido de “Sembradores de Esperanza”: quienes alguna vez buscaron un lugar donde dormir, un plato de comida o alguien que los escuchara ahora salen a encontrarse con personas que todavía necesitan exactamente eso.