Andrés Tarrazó y Matías Moyano unieron sus experiencias en turismo y hotelería para crear un hostel en pleno Centro de la Ciudad de Mendoza. En Perú 1137 desarrollan una propuesta que combina hospitalidad, bienestar y una relación precio-calidad pensada para los viajeros, con una identidad que resume su filosofía: un hostel de amigos.
Pituco Hostel es el proyecto que Andrés Tarrazó y Matías Moyano decidieron construir a partir de una amistad, una experiencia compartida en el sector turístico y las ganas de emprender juntos. Ubicado en Perú 1137, en pleno Centro de la Ciudad de Mendoza, el alojamiento nació de una oportunidad que encontraron en una propiedad deteriorada, pero con un potencial que ambos supieron reconocer.
La iniciativa representa mucho más que la apertura de un nuevo establecimiento para recibir turistas. Detrás del emprendimiento hay dos historias personales, recorridos laborales diferentes y una decisión común: apostar por un negocio propio en el que la hospitalidad no se limite a ofrecer un lugar para dormir, sino que permita generar experiencias, vínculos y encuentros entre personas.

Andrés tiene 36 años y acumula más de 15 años de experiencia en la administración de una empresa familiar dedicada al alojamiento turístico. Matías, de 34, recorrió distintos sectores productivos, tuvo emprendimientos propios y encontró nuevamente en el turismo una actividad que le permitió combinar su vocación por los negocios con algo que disfruta especialmente: el contacto con la gente.
La sociedad fue tomando forma después de conocerse por amigos en común. Primero apareció la amistad, luego las conversaciones sobre posibles negocios y finalmente la oportunidad de desarrollar un hostel. Antes habían considerado alternativas como un minimercado o una central de bebidas, pero la posibilidad de alquilar una antigua propiedad destinada al alojamiento terminó definiendo el rumbo.

Andrés Tarrazó y Matías Moyano, dos caminos que se encontraron en el turismo
La experiencia de Andrés está vinculada desde hace años con la actividad hotelera. Su recorrido comenzó en una empresa familiar que administra un apart hotel de 11 departamentos, un emprendimiento que, según cuenta, nació prácticamente desde cero, en el patio de una casa.
Ese proceso le permitió conocer las distintas etapas de crecimiento de un negocio turístico, desde sus primeros pasos hasta su profesionalización. Más de una década y media de trabajo le aportó herramientas para comprender las necesidades de los huéspedes, la administración de alojamientos y los desafíos cotidianos de una actividad que requiere atención permanente.
Pero Andrés también tiene una personalidad inquieta. Hizo teatro, improvisación y diferentes actividades deportivas. Esa predisposición a probar cosas nuevas aparece también en su manera de entender los negocios y en la identidad que quiso construir junto con Matías.
El recorrido de su socio tiene otros matices. Matías Moyano se define como una persona a la que le gusta estudiar y capacitarse constantemente. Pasó por distintas formaciones, entre ellas ingeniería electromecánica y programación, además de cursos vinculados con turismo, contabilidad e hidrocarburos. Actualmente también se encuentra capacitándose en inteligencia artificial.

Su historia empresarial incluye una experiencia difícil. Junto con su padre tuvo una empresa dedicada a trabajos de fibra óptica y electricidad. El emprendimiento llegó a tener numerosos empleados, pero una crisis económica complicó su continuidad.
La decisión fue cerrar la empresa sin dejar deudas y pagar a quienes trabajaban allí. Para Matías, ese momento significó volver prácticamente a foja cero.
Pasó de administrar una compañía a realizar trabajos de reparto con una motocicleta para Pedidos Ya, mientras buscaba alternativas para reconstruir su actividad laboral. También trabajó con estudios contables y empresas constructoras, además de desempeñarse en tareas administrativas.
Sin embargo, el turismo volvió a aparecer en su camino. A partir de una experiencia en una constructora comenzó a equipar alojamientos y administrar propiedades destinadas a visitantes. El contacto con los huéspedes le permitió desarrollar una cartera de casas, departamentos y cabañas que fue creciendo principalmente por recomendaciones.
En ese recorrido descubrió algo que hoy considera fundamental para su actividad: disfruta conversar con las personas, conocer sus historias y mantener vínculos que muchas veces continúan después de que termina una estadía.

De una casa deteriorada a un hostel con identidad propia
La posibilidad de crear Pituco apareció cuando ambos ya tenían experiencia en el sector de los alojamientos turísticos. Después de evaluar diferentes alternativas comerciales, encontraron una casa que necesitaba mucho trabajo, pero que tenía una ubicación y unas características que los convencieron de avanzar.
El inmueble estaba bastante deteriorado. Había que limpiar, pintar, reparar paredes y reconstruir buena parte de sus espacios. No fue una tarea sencilla y tampoco quedó limitada a los dos socios.
Las familias participaron desde el primer día. Sus integrantes colaboraron con las tareas de limpieza, pintura y albañilería. Las parejas también tuvieron un papel importante en el desarrollo de la identidad del emprendimiento.

Incluso el nombre Pituco surgió dentro de ese círculo cercano: fue una idea de la pareja de Andrés. El rediseño de imagen también tuvo una participación especial de una huésped que había permanecido mucho tiempo en el establecimiento y que terminó aportando sus conocimientos al proyecto.
Esa colaboración refleja una característica que los socios destacan cuando hablan del hostel: muchas personas que pasan por allí dejan algo de sí mismas.

Matías cuenta que algunos huéspedes colaboraron con la programación y otros aportaron ideas para mejorar la imagen y el funcionamiento del lugar. Así se fue formando una comunidad que, con el tiempo, trascendió la relación comercial entre quienes administran el alojamiento y quienes pagan por una habitación.

La frase que resume esa filosofía es también el lema elegido por los emprendedores: “Es un hostel pituco, un hostel de amigos”.
La intención es que cada visitante encuentre un espacio donde descansar, conocer otras personas y compartir experiencias. No importa si llega acompañado por amigos, en familia o si viaja solo.

Andrés explica que han recibido personas que inicialmente tenían previsto quedarse uno o dos días y terminaron prolongando su estadía durante varias semanas. También han pasado por el lugar muralistas, artistas y viajeros con distintas historias.

La comunidad de Pituco, más allá de las noches de alojamiento
Uno de los aspectos que más entusiasma a Matías es la relación que se fue construyendo con quienes visitan el hostel.
En su relato aparece una situación que permite comprender esa identidad: hay personas que hace tiempo dejaron de alojarse allí, pero siguen regresando una vez por semana para tomar un café y compartir un momento con los emprendedores.

Otros huéspedes permanecieron tanto tiempo que terminaron convirtiéndose en parte de la dinámica cotidiana del establecimiento.
Para los socios, esa respuesta constituye una de las mayores satisfacciones del proyecto. La hospitalidad no termina cuando una persona entrega la llave y se retira. Los vínculos que se generan durante la estadía pueden continuar y convertirse en relaciones de amistad.

Esa concepción también se relaciona con la propuesta que quieren ofrecer a los turistas que llegan a Mendoza. Pituco busca combinar una ubicación céntrica, una experiencia cercana y una alternativa de alojamiento con una buena relación entre precio y calidad.
La dirección, Perú 1137, permite identificar el establecimiento en pleno Centro de la Ciudad de Mendoza. Desde allí, los visitantes pueden organizar sus recorridos y disfrutar de la oferta gastronómica, comercial y cultural de la capital provincial.
Los emprendedores también trabajan para ampliar las propuestas que rodean al alojamiento. Una de las próximas iniciativas es incorporar un café, un proyecto que están desarrollando junto con otro amigo y que busca sumar una nueva actividad al espacio.
La idea vuelve a conectarse con el concepto original: generar un lugar de encuentro que pueda recibir tanto a huéspedes como a personas que quieran acercarse a compartir un momento.

Emprender en turismo en tiempos difíciles
La construcción de Pituco también transcurre en un escenario económico complejo para la actividad turística. Matías reconoce que el contexto no es sencillo y que sostener un emprendimiento requiere mucho esfuerzo, inversión y capacidad para adaptarse.
Los dos socios continúan trabajando en otras actividades mientras destinan tiempo y recursos al crecimiento del hostel. La apuesta implica asumir riesgos y atravesar momentos en los que los resultados no siempre acompañan las expectativas.
Sin embargo, la decisión de seguir adelante se apoya en la convicción de que encontraron un proyecto que los representa.
La amistad también funciona como un componente importante de la sociedad. Matías cuenta que pueden discutir, intercambiar opiniones e incluso tener diferencias, pero después continuar trabajando juntos. Esa confianza es parte de la dinámica que construyeron desde el comienzo.

En su vida personal también atraviesa una etapa de cambios. Su familia espera un bebé, una noticia que le suma nuevas responsabilidades y expectativas sobre el futuro. Esa situación refuerza su deseo de consolidar un negocio que pueda funcionar cada vez con mayor autonomía.
Andrés y Matías comparten además el gusto por el deporte y el fútbol. Uno es hincha de River y el otro de Boca, una rivalidad que forma parte de las bromas cotidianas entre ambos y que incluso planean aprovechar para una próxima producción audiovisual del hostel.

Son detalles que ayudan a entender la personalidad detrás del emprendimiento. No buscan construir una imagen empresarial distante, sino trasladar al alojamiento parte de su manera de relacionarse y de entender la amistad.
Pituco es, en definitiva, el resultado de dos trayectorias que se encontraron en una misma actividad y de una apuesta que involucra a sus familias, amigos y huéspedes. En Perú 1137, estos emprendedores mendocinos buscan consolidar una propuesta de hospitalidad donde el precio, la ubicación y la calidad del servicio sean importantes, pero donde también exista algo difícil de medir en una tarifa: la posibilidad de sentirse parte de un lugar.