El exministro mendocino Alberto Flamarique quedó asociado al escándalo por la reforma laboral del 2000 durante el gobierno de Fernando de la Rúa. Entre sospechas de coimas, absoluciones judiciales y una Argentina que ya mostraba signos de agotamiento económico, Mendoza fue escenario político y simbólico de una época que todavía resuena en el presente.
Hay nombres que regresan cuando el país vuelve a tensarse. Alberto Flamarique nació en Mendoza el 19 de enero de 1950 y desarrolló una carrera política que lo llevó desde la gestión provincial hasta el centro del poder nacional. Fue vicepresidente de Bodegas y Viñedos Giol (Sociedad del Estado) entre 1988 y 1990, asesor legislativo en los años ochenta y secretario de Planeamiento y Control de Gestión de la Gobernación mendocina a comienzos de los noventa.
Su proyección continuó en la Ciudad de Buenos Aires, donde fue elegido diputado entre 1997 y 2000. Pero su nombre quedó definitivamente instalado en la escena nacional cuando el presidente Fernando de la Rúa lo designó ministro de Trabajo. Era el año 2000. Argentina ya transitaba una recesión profunda, con desempleo elevado y un malestar social que crecía en silencio.
¿Qué ocurrió con la reforma laboral del 2000?
El gobierno de la Alianza impulsó una ley de flexibilización laboral con el argumento de modernizar el mercado de trabajo y atraer inversiones. La iniciativa generó fuerte resistencia sindical y política. Lo que debía ser una reforma estructural terminó envuelto en uno de los mayores escándalos institucionales de las últimas décadas.
La periodista María Fernanda Villosio afirmó, tras una investigación, que las negociaciones con senadores se habrían definido en el despacho presidencial. Según esa reconstrucción, el entonces mandatario habría derivado las conversaciones hacia la SIDE. Un excolaborador del presidente provisional del Senado, José Genoud, sostuvo que se habrían pagado cinco millones de pesos —equivalentes a dólares en tiempos de convertibilidad— para garantizar la aprobación de la norma.
Flamarique fue acusado por la justicia de “cohecho activo” en el marco de esa causa. El señalamiento político fue inmediato y el desgaste, profundo. Finalmente, tras años de proceso judicial, fue absuelto junto con los demás imputados. Sin embargo, el impacto político ya era irreversible.
Mendoza como escenario y símbolo
La historia tiene un componente mendocino que no es menor. Flamarique no solo nació en la provincia: parte de su carrera se gestó allí. Mendoza fue su plataforma política inicial y también escenario de un episodio cultural que, con el tiempo, se volvió símbolo de época.
Mientras el entonces funcionario ofrecía una conferencia de prensa en la provincia, Charly García protagonizaba uno de los momentos más recordados del rock nacional: su salto desde el séptimo piso de un hotel céntrico hacia una pileta. El gesto fue extremo, irreverente, casi suicida en apariencia, pero calculado. Una imagen potente que terminó funcionando como metáfora involuntaria de un país que parecía caminar al filo del abismo.
La política discutía reformas estructurales y presuntas transferencias millonarias; el rock respondía con un acto de desafío y vértigo. Mendoza quedó así ligada a una escena donde poder y cultura se cruzaron en un instante que aún hoy se recuerda.

¿Cómo impactó el escándalo en la crisis de 2001?
El caso de la reforma laboral fue un punto de inflexión en el deterioro del gobierno de De la Rúa. No fue la única causa del colapso institucional de diciembre de 2001, pero sí un golpe letal a la credibilidad oficial.
Argentina acumulaba recesión, déficit fiscal, presión financiera y creciente desconfianza. Cuando a ese cuadro económico se sumó la percepción de corrupción en el tratamiento de una ley sensible, el margen político se redujo drásticamente.
Flamarique dejó el Ministerio de Trabajo el 6 de octubre de 2000 y fue trasladado a la Secretaría General de la Presidencia. Pero el daño simbólico ya estaba hecho. Un año después, el país explotó: estallido social, renuncia presidencial y una crisis que marcó a fuego a toda una generación.
¿Por qué vuelve esta historia en 2026?
Las crisis argentinas no son idénticas, pero dialogan entre sí. Cada vez que la economía se enfría, que la palabra “estanflación” reaparece en el debate público o que la dirigencia enfrenta cuestionamientos éticos, la memoria colectiva activa recuerdos.
La figura de Flamarique emerge como parte de una etapa donde la política perdió confianza social a gran velocidad. No se trata solo de responsabilidades individuales, sino de un clima de época donde la distancia entre discurso y realidad se volvió intolerable para buena parte de la ciudadanía.
Hoy, con una Argentina nuevamente tensionada por desafíos económicos profundos, la historia del 2000 funciona como advertencia. Cuando el ajuste económico convive con sospechas institucionales, el riesgo no es solo financiero: es político y social.
Rock y política: la metáfora permanente
El salto de Charly en Mendoza sigue siendo una postal icónica. Representa riesgo, audacia y también el vértigo de un país acostumbrado a vivir al límite. La política, en cambio, rara vez puede permitirse ese margen de improvisación.
Entre despachos oficiales, debates legislativos y guitarras distorsionadas, Argentina escribió uno de sus capítulos más intensos. Mendoza fue parte de ese escenario, como origen de un ministro y como telón de fondo de una escena cultural que quedó en la historia.
A más de dos décadas de aquel escándalo, la pregunta que permanece no es solo qué fue de sus protagonistas, sino qué aprendió el sistema político. Porque en Argentina, cada crisis deja marcas. Y cada marca recuerda que la credibilidad, una vez dañada, cuesta años reconstruirla.