La abogada mendocina Carolina Jacky analizó la interna oficialista tras la apertura de sesiones ordinarias y apuntó contra Javier Milei y Luis Petri por los cuestionamientos a la vicepresidenta Victoria Villarruel. En formato entrevista, sostuvo que existe violencia política y un deterioro institucional preocupante.
La abogada mendocina Carolina Jacky volvió a fijar posición pública sobre la tensión interna en el Gobierno nacional luego del fuerte discurso del presidente Javier Milei, y el cruce entre el exministro de Defensa, Luis Petri, y la vicepresidenta Victoria Villarruel. La letrada, cuestionó el tono del discurso presidencial en el Congreso y consideró que los ataques contra la titular del Senado pueden encuadrarse como violencia política y mediática.
¿Cómo analiza la defensa que hizo Luis Petri de Javier Milei?
—En defensa de Javier Milei ha salido el hoy diputado nacional por Mendoza, Luis Petri, como si el Presidente necesitara ayuda para descalificar e insultar a cualquiera que piense distinto. Me resulta llamativo que alguien que integró el Gabinete salga a oficiar de escudero cuando el propio mandatario no tiene inconvenientes en confrontar por sí mismo.
—Hay un comportamiento autoritario que es defendido por un par que, según palabras de la propia Vicepresidenta, integra el “trencito de la alegría”. Vaya uno a saber a qué se refiere con esa aseveración, pero claramente describe un alineamiento automático que poco tiene que ver con el debate democrático.
¿Qué le generó la apertura de sesiones ordinarias en el Congreso?
—Tras la apertura de Sesiones Ordinarias del Congreso —donde el término “ordinarias” nunca estuvo mejor aplicado— el exMinistro de Defensa salió a criticar a la número dos del Gobierno. El supuesto pecado de Victoria Villarruel fue usar el celular durante el discurso presidencial.
—Me parece curioso que Luis Petri, quien dejó cuestionamientos en su paso por la gestión y hoy busca refugio en el oficialismo, se convierta en el guardián de las formas ajenas. Se puede ser obsecuente, pero hay límites, y parece que los ha perdido.
¿Cree que hay una estrategia política detrás de estas declaraciones?
—Quizás todo tenga que ver con su deseo de ser gobernador de Mendoza. Cuando uno observa determinados movimientos, entiende que hay ambiciones personales en juego. Para algunos, todo vale: incluso desdibujar su identidad radical para mimetizarse con La Libertad Avanza.
—Es como un “pase de oro”, pero digno de cualquier lugar menos de un concurso de talentos. La política requiere coherencia, no transformismo oportunista.
¿Por qué considera injusto el cuestionamiento a la vicepresidenta?
—Criticar a la Vicepresidenta por respetar la Constitución Nacional y hacer cumplir el reglamento de la Cámara es de una miopía política alarmante. Más aún cuando se la cuestiona por usar un teléfono mientras el propio Presidente desprestigiaba su investidura con ataques que en redes sociales fueron calificados de manera muy dura.
—Es insólito que se intente desvincular a Villarruel del Gobierno. Cabe preguntarse: ¿qué partido la llevó en la boleta y quién la eligió para el cargo que ocupa? Fue parte de la misma fórmula presidencial. La memoria es lo que les falta a muchos.
Usted habla de violencia política. ¿En qué sentido?
—Desde lo institucional, el ataque a la Dra. Victoria Villarruel representa, a la luz de la Constitución Nacional y de los Tratados Internacionales con jerarquía constitucional, un acto de violencia política y mediática. No es casual que se la intente denostar y descalificar en su condición de mujer.
—Cuando las críticas exceden lo político y se enfocan en desacreditarla personalmente, estamos ante una vulneración que debería ser investigada y eventualmente sancionada. Aunque, siendo realistas, en este contexto es difícil que eso suceda.
¿Cómo describe el momento institucional que atraviesa la Argentina?
—Transitamos una Argentina que a muchos nos duele. Observamos un deterioro en la calidad del debate público y una degradación del respeto institucional. El Congreso es uno de los pilares de la República y no puede transformarse en un escenario de agravios permanentes.
—Todavía hay quienes deseamos representantes que honren la Patria, que respeten las instituciones y que comprendan la responsabilidad histórica que implica gobernar. No se trata de coincidencias ideológicas, sino de formas, de límites y de respeto por la investidura.
¿Qué mensaje le dejaría a la dirigencia política?
—Que recuerden que fueron elegidos para administrar conflictos, no para profundizarlos. Que el disenso no puede convertirse en agresión constante. Y que el respeto por la Constitución no es optativo, es obligatorio.
—La Argentina necesita serenidad, institucionalidad y dirigentes que estén a la altura. De lo contrario, seguiremos convirtiéndonos en el hazmerreír del mundo, algo que ningún argentino de buena fe desea.