Las lluvias intensas del verano pusieron a prueba la infraestructura aluvional del Gran Mendoza. Especialistas confirmaron que no hubo colapso, pero sí daños, exigencia extrema y alertas por el crecimiento urbano y el cambio climático.
Las tormentas que impactaron en Mendoza el 30 de enero, el 20 de febrero y el 7 de marzo dejaron una postal repetida pero cada vez más preocupante con el estado del actual sistema aluvional: calles anegadas, acequias desbordadas y barrios bajo agua.
Sin embargo, detrás de esa imagen urbana, los especialistas coinciden en una conclusión central: el sistema aluvional funcionó y evitó un colapso mayor, aunque lo hizo al límite de su capacidad y con consecuencias en su infraestructura.
¿Cómo respondió el sistema aluvional de Mendoza ante las tormentas?
El sistema de defensa aluvional del Gran Mendoza, compuesto por diques como San Isidro, Papagayos, Frías y Maure, junto al colector Blanco Encalada, cumplió su función principal: contener y regular grandes volúmenes de agua en poco tiempo.
Según explicó Santiago Ruiz Freites, las tormentas registradas fueron intensas, pero no extraordinarias desde el punto de vista climático. “No marcaron récords, aunque en algunos casos se acercaron a valores históricos”, señaló.
En la misma línea, Pablo Rodríguez remarcó que el sistema no colapsó, pero sí quedó exigido. Es decir, logró canalizar el agua sin desbordes estructurales, aunque con excedentes momentáneos en zonas urbanas.

¿Por qué hubo calles anegadas si el sistema funcionó?
Uno de los puntos clave para entender lo ocurrido es que el sistema urbano de drenaje no está diseñado para soportar lluvias extremas sin consecuencias visibles. Acequias, cunetas y desagües están preparados para tormentas de recurrencia menor.
“Las cunetas están diseñadas para eventos que ocurren cada dos a cinco años”, explicó Rodríguez. Por eso, cuando se registran lluvias intensas en pocos minutos, es esperable que el agua circule por calles y se acumulen excedentes temporales.
Además, el comportamiento típico de las tormentas mendocinas —localizadas, cortas y muy intensas— genera una rápida acumulación de agua que luego escurre en pocas horas gracias a la pendiente natural del terreno.

¿Qué daños dejó la seguidilla de tormentas?
Aunque la red principal resistió, las lluvias dejaron consecuencias concretas. Entre los daños más relevantes se registraron deterioros en colectores como Los Ciruelos, Frías y Papagayos, además de socavones y erosiones en distintas estructuras.
También se detectaron afectaciones en el Cacique Guaymallén y en un tramo del colector Cerrillos, en Godoy Cruz, donde se avanzó con reparaciones de urgencia.
Estos daños reflejan una conclusión técnica clara: el sistema funciona, pero necesita mantenimiento constante y obras de refuerzo para sostener su operatividad frente a eventos cada vez más exigentes.

¿Qué impacto tiene el crecimiento urbano en el piedemonte?
Uno de los factores que más preocupa a los especialistas es el avance urbano sin planificación en el piedemonte. A medida que crecen los barrios, el suelo se impermeabiliza, lo que reduce la capacidad de absorción del agua.
Esto genera un mayor escurrimiento superficial que desciende rápidamente hacia zonas urbanas más bajas, aumentando el riesgo de anegamientos.
Ruiz Freites advirtió que “la ocupación desordenada del territorio” agrava el problema y se convierte en un factor clave para entender por qué las tormentas tienen hoy mayor impacto que años atrás.

¿Influye el cambio climático en estas tormentas?
Si bien los especialistas evitan atribuir directamente estos eventos al cambio climático, coinciden en que existe una tendencia hacia fenómenos más intensos y frecuentes.
Las tormentas convectivas de verano —típicas de Mendoza— podrían repetirse con mayor regularidad, lo que implica un desafío adicional para una infraestructura que, en muchos casos, tiene casi un siglo de antigüedad.
Además, los registros recientes muestran acumulaciones de lluvia significativas en cortos períodos, lo que refuerza la necesidad de adaptación.

¿Qué obras y medidas se proyectan hacia adelante?
Frente a este escenario, la provincia trabaja en dos líneas principales: mantenimiento de la infraestructura existente y desarrollo de nuevas obras.
Entre los proyectos destacados aparece la ampliación del colector Blanco en Carrodilla, considerada una de las obras más importantes de los últimos años, y futuras intervenciones como la presa en Chacras de Coria y mejoras en el colector Los Ciruelos.
También se avanza en evaluaciones técnicas junto a universidades para verificar el estado estructural de diques y obras aluvionales.

¿Qué deja como conclusión este verano?
Las tormentas del verano no fueron excepcionales en términos históricos, pero sí marcaron un punto de inflexión en la percepción social y en la exigencia sobre la infraestructura.
El sistema aluvional de Mendoza demostró que puede responder y evitar colapsos, pero también dejó en evidencia sus límites: daños, presión creciente y la necesidad de adaptarse a un contexto climático y urbano cada vez más complejo.
En ese equilibrio entre una infraestructura que resiste, una ciudad que se anega y un territorio que crece sin siempre planificarse, aparece el verdadero desafío hacia el futuro: sostener y modernizar un sistema clave para una provincia donde, incluso en medio de la sequía, el agua puede volver a aparecer de forma repentina y poner todo bajo tensión.